Cada vez con mayor frecuencia nos enteramos por los medios de comunicación de que niños, niñas y adolescentes de todo nuestro país son víctimas de algún delito que, en mayor o menor medida, se cometió utilizando la internet: amenazas por redes sociales, pedidos extorsivos de envío de imágenes íntimas por sistemas de mensajería, difusión de imágenes íntimas y otro tipo de hostigamientos parecen estar a la orden del día. 

Suele decirse, no sin razón, que nuestros hijos son nativos digitales o, dicho de otro modo, nacieron cuando la tecnología ya estaba entre nosotros y aprendieron a utilizarla desde pequeños, tanto en el colegio y como en nuestros hogares. Juegan con nuestros smartphones o tienen uno propio, utilizan consolas de video juegos para jugar en red, usan tabletas. Hacen búsquedas en Google y YouTube, consultan o participan de redes sociales. Tienen cuentas de correo electrónico. Incluso, en algunos casos manejan estas herramientas mejor que nosotros mismos.

Hay quienes podrían decir –con cierta lógica- que para preservar a nuestros hijos lo mejor es alejarlos de la tecnología hasta que sean mayores. Tal vez esa no sea la respuesta adecuada, ya que implicaría aislarlos de una realidad que ya está instalada. Internet, además, ofrece todo un universo de cosas positivas.

Otra alternativa posible es involucrarnos, como adultos responsables, la forma en la que nuestros niños acceden a ella.

En primer lugar, decidiendo  qué cosas van a acceder dependiendo de la edad. En ese sentido, por ejemplo, puede no ser imprescindible que niños pequeños participen de redes sociales, aunque puedan disfrutar de otras cosas, como aplicaciones y plataformas de juegos.

En segundo lugar, aprendiendo nosotros a usar las herramientas que van a tener a mano nuestros niños, en especial el funcionamiento de las aplicaciones y  comunidades a las que accedan y sus políticas de privacidad.

En tercer lugar, definiendo con los niños la forma en la que van a usar esas herramientas (a qué sitios van a acceder, qué búsquedas van a realizar, con quienes van a interactuar, qué contenido van a compartir y con quienes, etc.) e implementando sistemas de prevención y de monitoreo (por ejemplo, usando la cuenta de padres o generando un sistema de alertas cuando se accede a la cuenta de nuestros hijos desde dispositivos que no sean conocidos)

Lo importante, me parece, es no desentendernos como padres de esta nueva realidad que se nos presenta. Aprendamos de la tecnología, conversemos con nuestros hijos acerca de cómo la van a utilizar, alertémoslos de los riesgos que implica, estemos presentes… En ese camino podemos, incluso, aprovechar recursos básicos del mundo no digital. “No hables con extraños”, por ejemplo,  es una premisa que puede aplicarse perfectamente al mundo de  internet. Posiblemente todo se reduzca a seguir dándoles herramientas para desenvolverse en el mundo que los rodea.

Reconozco que conocer el mundo digital es difícil. Pero no estamos solos.

Hay muchas iniciativas privadas y públicas que intentan ayudar a la ciudadanía en esta materia. Desde nuestro lugar de organismo que investiga crímenes en línea, hemos preparado algunos materiales que pueden descargarse desde nuestro sitio https://www.mpf.gob.ar/ufeci/enlaces/recursos/ . Aquellos que quieran profundizar estas cuestiones, encontrarán aquí muchas de las respuestas que buscan.

El Ministerio Público Fiscal, del cual soy titular de la Unidad Fiscal Especializada en Ciberdelincuencia (UFECI), puede recibir las denuncias acerca de los delitos que se detecten en la red. Cualquier fiscalía puede tomar las denuncias, además de las comisarías. Para ver la más cercana a su domicilio puede consultar el mapa de fiscalías en www.mpf.gov.ar

 

 

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