María Inés Fadel. Abogada

Daniela Carrara. Abogada

Podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que todos sabemos que el lenguaje no es algo estático.
Nuevas palabras aparecen, otras dejan de utilizarse. Resulta inevitable, inherente a las
transformaciones de cada época: una sociedad va cambiando, su forma de expresarse también.
También podríamos comprobar, sin mayores dificultades, que no todas las palabras que
utilizamos, tanto al hablar como al escribir, se encuentran legitimadas por la RAE. Esto vale incluso
para los ámbitos jurídicos, tal como expresa un interesante artículo publicado en el Boletín de la
Academia Argentina de Letras de 2012 (1) . Entonces ¿qué incomoda tanto del llamado “lenguaje
inclusivo”? ¿Por qué despierta reacciones tan vehementes?
Será tal vez porque al escucharlo, rápidamente se percibe la búsqueda de generar conciencia
sobre la desigualdad que aún persiste, visibilizando las jerarquizaciones que la lengua arrastra en
tanto utiliza a los varones como el universal. De igual modo, permite dar lugar a todas las
identidades, contemplando a las personas de todos los géneros. Como expresa el lingüista y
lexicólogo Santiago Kalinowski, “es uno de los rasgos salientes de la configuración discursiva que
rodea la lucha por la igualdad en la sociedad", y expresa una posición política.
Esa posición política no resulta un detalle en el marco de una justicia cuya organización acompaña
una estructura históricamente patriarcal, con manifiesta diferenciación por género en la
asignación de cargos y roles de poder. Con expresiones como la sentencia que condena a Mariana
Gómez por besar a su esposa, o los argumentos en el caso Lucía Pérez. En este marco, se torna
aún más necesario tener presente que el lenguaje, aunque se pretenda neutral, ha codificado la
distribución de poder existente. Y que visibilizar y dar existencia a identidades que el género
masculino no muestra obliga a que ampliemos la mirada, con los consecuentes cambios que ello
implica.
A pesar de la incomodidad y de las exageradas reacciones, y aunque no sepamos si llegó para
quedarse, sí sabemos que es una discusión que se extiende a nivel global, y que en nuestro país ya
existen magistrades que han tomado la posta en sus sentencias, con todo lo que ello implica. De
hecho, cuando en la ciudad de Buenos Aires la jueza Elena Liberatori dispone que a “les niñes”  se
les deberá garantizar el derecho del acceso a la escuela, en Zapala la jueza de Garantías Leticia
Lorenzo nombra a los asistentes a las audiencias como “les jueces” o “les acusades” y asimismo en
sus sentencias, o cuando el juez nacional del Trabajo Alejandro Segura redacta en lenguaje
inclusivo la inconstitucionalidad de un DNU, están enriqueciendo el contenido de sus sentencias
por la universalización que ello conlleva.
El uso del lenguaje inclusivo, entonces, avanza como una herramienta más para movilizar las
estructuras íntimamente patriarcales que definen en la actualidad nuestro sistema judicial.-

1 Zorrilla, Aliacia M. TOMO LXXVII, enero-abril de 2012, N.oS 319-320

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